Un filete, trozos de
pimentón asado, lechugas, pepino y tomate sobre la mesa, y yo con un hambre de
resaca esperando que alguno de los que se habían ofrecido a hacer el almuerzo
me lanzara una mirada de aprobación, que alguien me indicara mi puesto. Manuel
se acercó y preguntó cuáles eran nuestros platos, uno de sus amigos los señaló
y yo me senté rápidamente apoderándome de la salsa de tomate, la mayonesa y la
mostaza, cubrí la totalidad de los alimentos con ellas. La carne me supo a
gloria, aunque parecía un chicle, y ni así pude evitar casi sonreír
masticándola, comí lenta y pacientemente cada bocado con todos los
ingredientes, sentí el jugo del pepino y el intenso sabor del pimentón cubierto
por la simpleza de la lechuga que envolvía toda la mezcla como un sushi
criollo. Los ventiladores giraban sobre nosotros y algún molesto reggaetón
sonaba al fondo, una de mis amigas estaba muy borracha bailando y mirándonos
comer, esperando ella misma su turno. Así fue la primera vez que Manuel y yo
comimos juntos, y lo recuerdo perfectamente porque repasé esa escena varias
veces desde que me dijo que en alguna clase de antropología y psicoanálisis
había aprendido que el comer es una metáfora del tirar y ¿cómo evitar la idea
de Manuel viéndome comer? Y comer tan desenfadadamente con un apetito voraz,
con el cuerpo mojado de sudor y del agua de la piscina, chorreando las salsas
por las comisuras de los labios. No olvido que él también comió con ganas,
acabó esa carne con decisión tomando de vez en cuando algo de cerveza, sin
embargo no recuerdo qué comió primero, qué dejó, qué mezcló.
Lo del sexo y la comida
lo dijo en nuestra primera cita en una cafetería algunos días después de
nuestro amor de verano en melgar. Era de noche y queríamos hablar un poco,
conocernos. Al mencionarlo lo miré con los ojos bien abiertos, percatándome de
que llevaba unos cuantos minutos mordisqueando el mezclador, ¡una figura fálica
por dios!
—yo recuerdo que a ti te
gustan las salsas y que dejas lo mejor para el final –dijo esa noche.
En mi infancia la comida
era lo que había en la casa, lo que mi mamá preparaba; los restaurantes eran
más bien lugares extraños a los que no íbamos, excepto tal vez por las
pollerías. ¿Qué más podría responderle cuando me preguntó cuál era mi
restaurante favorito? Tenía que ser honesta, ¿calimío? ¿Kokoriko? Estalló en
carcajadas arrogante y glotón en ese traje de oficina, con su corbata roja y
sus dientes grandes ¿cuántos años tenía ese mequetrefe en ese entonces? 27 ¿qué
podría haber conocido él del mundo siendo un matemático? Y aunque yo era menor,
había hecho varios cursos de antropología, para ese entonces sabía que los wayú
crían cerdos como mascotas, les ponen nombres, los consienten, y el día menos
esperado los asesinan y comen sin el menor remordimiento. También sabía que los
nukak se comen unos horrendos gusanos gordos y blancos, crudos y a veces vivos;
y no solamente son sabrosos para ellos, sino que además son una fuente
importante de proteína. Hasta tenía una imagen poética de la fariña, la harina
de yuca brava que hacen los indígenas en el amazonas y que crece al doble
cuando está en el estómago por lo que es tan peligroso su buen sabor, una
fariña que hace estallar a las ranas selváticas por pura gula. Probablemente
todo eso era ficción, invenciones mías de lecturas universitarias, pero lo
sabía, era poderosa, no me iba a dejar amedrantar por su conocimiento
gastronómico.
Esa noche traté de no
jugar con mi cabello ni llevarme nada a la boca más que mi café y un cigarrillo
que fumé nerviosa. Y aún no sabía que vendrían muchas cenas y muchos
restaurantes, que descubriría los sabores agridulces y el picante, que además
probaría tres clases de risotto y mi ropa y mi pesa reflejarían las
implicaciones de ese nuevo ritual amoroso de comida y sexo, o sexo y comida, o
todo revuelto.
Hablamos un poco de todo,
del pollo que comía en Inglaterra cuando hizo sus estudios de inglés
turísticos, del arroz que le cocinaba su novia coreana, una arroz blanco y
puro, sin nada de condimentos, habló del curry y de los terribles olores que
provocaba entre sus comensales. Sus ojos brillaban por los recuerdos de tantos
platos, olores y sabores y yo sin nada que decir, además de las historias de
los indios y de la bandeja paisa que en ese entonces amaba con pasión insana.
Hice la conversación
cíclica, no iba a dejar que se escapara en rememoraciones de comidas opíparas
sin que antes me explicara lo del comer y la encamada. Lo aclaró entre risas
por mis miradas asustadas e inquisidoras, debí cambiar de humor unas mil veces
esa noche. La cosa era sencilla, había que ser un buen observador, me dijo que
la gente come de maneras muy variadas, algunos lo hacen rápido y se atragantan,
otros, por el contrario, lo hacen lentamente. Hay gente que no disfruta comer,
que come por obligación, hay quienes dicen que mueren de hambre y dejan la
mitad, a otros les gusta picar de todos los platos, y hay quienes no soportan
eso. “Todo eso te habla del sexo” dijo.
Pero no solo la comida, “hay otras señales. Cuando una mujer juega con sus cabellos, o un lapicero, los mismos hombres obsesionados con sus corbatas en realidad juegan con sus...” “¡falos!” dije descontroladamente casi gritando. Sabía bien que esos datos no eran gran cosa, señales que se leen en cualquier página de internet de casanovas. Seguramente se sintió subestimado, y eso no lo detuvo, continuó explicándome que, por ejemplo, en los sueños, la casa es el cuerpo, y que ese sueño tan recurrente de la paloma que entra por la ventana, bueno, es un sueño bastante porno. Y no hay que buscar muy en el fondo, las mujeres aman que les digan sutilmente que quieren ser penetradas, y ahí llegaron las miradas de mis mujeres inventadas, el grito ahogado de ira hacia ese hombre reduccionista, “por favor” exclamé como si estuviera ebria, y luego tomé mi café ya frío porque la charla era larga. Riendo me dijo que no era casualidad que todas cantáramos como poseídas “quisiera ser un pez y restregar mi nariz en tu pecera y hacer burbujas de amor en la bañera, la noche entera”. Traté de acecharlo, de observarlo, él estaba preparado y yo no tenía entrenamiento, era para mí un libro cerrado y en cambio mi inconsciente parecía descontrolado con los movimientos azarosos de mis dedos, manos ¡mis gestos! Describió una escena clásica, cuando una mujer recibe descalza a un hombre, inconscientemente él se la querrá comer. Lo miré aburrida aunque en el fondo estaba emocionada, ¿quién pensaría que un matemático podía ser un observador? Terminamos nuestros cafés y pagué la cuenta, porque la siguiente vez tendríamos que comer y él debería pagar.
Pero no solo la comida, “hay otras señales. Cuando una mujer juega con sus cabellos, o un lapicero, los mismos hombres obsesionados con sus corbatas en realidad juegan con sus...” “¡falos!” dije descontroladamente casi gritando. Sabía bien que esos datos no eran gran cosa, señales que se leen en cualquier página de internet de casanovas. Seguramente se sintió subestimado, y eso no lo detuvo, continuó explicándome que, por ejemplo, en los sueños, la casa es el cuerpo, y que ese sueño tan recurrente de la paloma que entra por la ventana, bueno, es un sueño bastante porno. Y no hay que buscar muy en el fondo, las mujeres aman que les digan sutilmente que quieren ser penetradas, y ahí llegaron las miradas de mis mujeres inventadas, el grito ahogado de ira hacia ese hombre reduccionista, “por favor” exclamé como si estuviera ebria, y luego tomé mi café ya frío porque la charla era larga. Riendo me dijo que no era casualidad que todas cantáramos como poseídas “quisiera ser un pez y restregar mi nariz en tu pecera y hacer burbujas de amor en la bañera, la noche entera”. Traté de acecharlo, de observarlo, él estaba preparado y yo no tenía entrenamiento, era para mí un libro cerrado y en cambio mi inconsciente parecía descontrolado con los movimientos azarosos de mis dedos, manos ¡mis gestos! Describió una escena clásica, cuando una mujer recibe descalza a un hombre, inconscientemente él se la querrá comer. Lo miré aburrida aunque en el fondo estaba emocionada, ¿quién pensaría que un matemático podía ser un observador? Terminamos nuestros cafés y pagué la cuenta, porque la siguiente vez tendríamos que comer y él debería pagar.
En los días que pasaron
hasta nuestro próximo encuentro me descubrí en repetidas ocasiones recordándolo
enfadada cada vez que llevaba algún lapicero o lápiz a mi boca. Todo el asunto
había ido muy rápido y tenía que saberlo cuanto antes ¿la montaña rusa de
emociones valía la pena o me iba a salir un tipo con un gran discurso y un
deplorable polvo? Porque ya me había pasado.
Nos vimos de nuevo,
íbamos al cumpleaños de un amigo de él, nos estábamos poniendo serios. Le dije
que pasara por mí y que de mi casa saldríamos para el bar. Él debió pensarlo,
es imposible que no lo haya hecho, yo no quería ser sutil, quería que
entendiera el mensaje, así que lo recibí en una minifalda no solo sin zapatos,
no me había puesto medias. Recuerdo su rostro sorprendido. Cuando entró nos
besamos con ganas de comernos, y lo hubiéramos hecho literalmente si hubiéramos
tenido mostaza, mayonesa y salsa de tomate. Hacia la mitad del segundo y eterno
beso, sobre mi cama, me detuve casi temblando y le dije que no podía hacerlo, necesitaba
alcohol ¡necesitaba vodka! Me puse las medias y unos tenis adidas azules que
estaban a punto de deshacerse y fuimos, como si buscáramos condones, por una
botella de vodka a la cigarrería más cercana. Regresamos a mi casa y hablamos
un rato tomándonos el trago, una vez marinados pudimos cocinarnos.


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